El último café
Otro día llega, tan gris como los anteriores, tan frío como esta ciudad. El silencio me arrastra a ser una gota más, entre tantas que habrá. Encuentro alivio al pensar que éste es el último, el último día entre tantos recuerdos. Al pensar en dejarlo todo atrás, me recorren el cuerpo tus palabras, suben ligeramente por mi cuello hasta llegar a mis tristes labios, acariciándolos y finalmente, abandonándolos.
Tras oscurecer la mirada, me pinto los labios de un rojo intenso, provocador. Me calzo mis tacones rojos, a juego con la provocación. Me ajusto el abrigo, largo, ideal para abrigarme del frío. Por último, cojo mi sombrero, el sombrero con el lazo marrón que me regaló. Arrastrando mi maleta, cierro tras de mí la puerta de la habitación 140. Quedan atrás los bailes, los cafés, las copas, tú.
Con pasos tristes pero firmes, camino por el asfalto gris y mojado. Observo a mi paso, los viejos lugares que recorrimos. Atravieso el parque, tan solitario como mi alma, pasando por el carrousel, tan silencioso como mis llantos. Finalmente, consigo llegar sin caer a la estación. Con dolor y temblor, compro mi billete sin regreso. Al salir, una capa de oscuridad tapa la luz.
Me acerco a la cafetería de siempre, aquella que descubrimos en la esquina con el balcón de flores, el que tanto me gusta. Antes de entrar, levanto la vista arrastrando mis párpados pesados, cargados de gritos, y observo aquel balcón, con pena, nunca lo vi tan gris.
Foto: Huellas de lluvia
Sentada ya tras la ventana, me limpio una lágrima que se me escapa. Mirando la ciudad, desoladora y sin esperanza, le doy un sorbo al café, mi café, el nuestro, caliente y amargo. De mi bolso se asoma mi diario. Tentada, lo cojo con rabia, y empiezo a escribir:
22 de diciembre, 1940:
El último café...
Sin poder continuar, se me cae el diario al suelo. Me quedo paralizada incapaz de creer lo que ven mis ojos. Ahí estaba, a unos poco metros de mí, aquel hombre que tanto ansiaba por ver y tanto quería olvidar… tú. Le contemplo, simplemente, le admiro sin saber qué hacer. Con su traje elegante y tan oscuro como sus ojos.
Ajeno a mí, con su café, el nuestro, sale a la calle. De prisa cojo mi diario y salgo corriendo hacia la puerta; consigo verle, al borde de la acera con el brazo en el aire. Empiezo a correr hacia él, lo más de prisa que me permitían mis tacones. De repente, siento arder mi tobillo y, a continuación, el fuerte impacto del suelo. Roto mi tacón, la base de mi resistencia. Todo cuanto había en mi bolso a la vista de todos, y yo tan roja como mis labios. Mi diario, empapado. Rápidamente lo guardo todo, pero al alzar la vista, ya no está. El taxi se aleja a la distancia, rápido ante mis ojos. Un viento frío me raspa la cara, castigándome.
Minutos después, me tambaleo hasta ponerme en pie, con mi tacón roto en mano, mis mejillas negras de llorar y mi sombrero mojado. Camino con dificultad hacia la cafetería de enfrente, pequeña, acogedora, llena de flores, como el balcón que me gusta. Me siento fuera, en una mesita con una vela triste y apagada, y dejo que me rodeé el silencio.
Con la lluvia en los ojos, saco de nuevo mi diario, abro por una página en blanco y empiezo a escribir:
22 de diciembre, 1940:
El primer café…
