Sonrisas pintadas

  Blanco. Un blanco deslumbrante que cubría cuatro paredes era lo único que Melissa podía ver. No había ni puertas ni ventanas, sólo cuatro paredes blancas. La pequeña Melissa nunca encontró extraño ese lugar, ya que era lo único que conocía y lo consideraba su hogar, su refugio. Nunca se sintió sola ya que confiaba en que sus padres la cuidaban y, aunque no podía verlos, confiaba ciegamente en ellos. Tenía todo en cuanto deseaba. Todos los juguetes que imaginaba aparecían en un baúl. Su favorito: una maqueta de un circo. Le gustaba ver los diferentes colores. Jamás se quejó de su vida, era feliz, no era consciente de que había más por ver fuera del cubo. Cada mañana, era la misma rutina. Melissa desayunaba mientras pensaba con qué juguete de plástico frío jugaría ese día o, si lo deseaba, siempre podía pedir que se le apareciera una amiga. En cuanto se aburría, la amiga desaparecía, sin más.

  A medida que pasaban los años, la rutina nunca varió. Melissa pedía y se le concedía. Su amiga individual pasó a ser un grupo de amigos, ya que le gustaba la atención. El problema era que no podían estar ahí todo el día y al irse, la joven no podía evitar entristecer. Un día, sin mucho más que hacer, se empezó a preguntar adónde era que iban sus amigos. Nunca antes se lo había preguntado, es más, nunca antes se había preguntado nada ya que era feliz en su ignorancia ignorada. No encontraba una respuesta a su pregunta. Melissa, no era capaz de comprender que había otra realidad fuera del cubo. Para ella, era lo único que conocía.

  Tras mucho tiempo llenándose la cabeza de preguntas y siendo incapaz de responder a ninguna, Melissa decidió pedir una respuesta al cubo. Nunca antes se le había negado algo, ¿por qué tendría que ser diferente esta vez? Incluso después de llegar a esa conclusión, tenía miedo de no obtener una respuesta. Quería saber si era posible que hubiese algo más allá del cubo, si se la permitía explorar ese lugar si es que existía. Silencio, es todo lo que escuchó. Como no le respondían, su frustración aumentó. Cansada de ver tanto blanco, se empezó a sentir atrapada por las cuatro paredes. No quería seguir viendo a amigos que consideraba irreales ya que no tenían opinión sobre nada nunca, siempre estaban de acuerdo con lo que ella decía. Después de días llorando, su rabia la obligó a gritar, a gritar para que la sacaran de ahí, quería respuestas. Esta vez, sus deseos fueron cumplidos.

  Rojo, azul, verde, amarillo… colores, colores por todas partes. Melodías, sonando fuerte haciendo de banda sonora. Sin poder parpadear, Melissa observó detenidamente todo lo que ahora la rodeaba. Podía ver bailarinas a su alrededor, bailando y luciendo vestidos brillantes como los de sus muñecas. Le fascinaba el cielo de mil colores, animales jugando y bailando, veía gente, mucha gente. La joven se dio cuenta de que estaba en un circo, tal y como el que tenía. Nunca antes se había sentido tan viva y alegre. Llena de ilusión, Melissa recorrió el mundo nuevo al que había ido a parar. Bailó con las bailarinas y rió con los payasos. No se podía creer que había estado viviendo en la oscuridad del blanco que la rodeó toda su vida.

                                           Foto: Huellas de lluvia

  Sentada en las gradas, notó como poco a poco la música se iba silenciando. Vio como la gente se iba marchando así que decidió ir a buscar a los seres alegres que había conocido. Al llegar a la carpa principal, observó sorprendida como su mundo nuevo, lleno de colores se volvía gris. Los payasos no reían y no llevaban una sonrisa pintada. Las bailarinas no brillaban ni parecían tan alegre como antes. Los animales, tristes y cansados, habían sido encerrados a base de latigazos en jaulas donde apenas cabían. Los miles colores ya no existían. Toda la ilusión que había presenciado desapareció. Su rostro se llenó de lágrimas, no sabía dónde esconderse. Se había creado un mundo nuevo perfecto, diferente a la vida que había llevado hasta entonces y la había decepcionado. Ya no deseaba estar ahí, en ese lugar en que, al acabar el espectáculo, los colores desaparecían. Pensó en intentar volver al cubo, era más feliz en su ignorancia, sin saber se sufre menos. Pero realmente no quería volver. No podía quedarse llorando más tiempo, así que, Melissa aceptó el hecho de que un circo es para entretener. Se actúa, sólo se actúa y al final del día, vuelven a sus vidas tristes, a su realidad. No quería dejarse atrapar por el espectáculo y vivir una vida que era mentira.

  Sin pensarlo mucho más tiempo, Melissa decidió irse. Lejos de su vida de encierro y lejos del mundo irreal que no podía cambiar. El único inconveniente era que no sabía adónde ir y ya no podía pedir nada ya que no se hallaba en el cubo. Pero harta de la vida que había llevado y decepcionada con el mundo de sonrisas pintadas, buscó la salida del circo y empezó a caminar, sin un plan, sin rumbo. Optimista y alegre, desapareció en la oscuridad, bailando al ritmo de la melodía que ella misma había creado y que la acompañaría en el camino.